miércoles, 23 de marzo de 2011

Los amaneceres son aquí apacibles

Habla Rosa, la afgana

No importa cual sea la época del año, una vez que entras en la taberna, afuera es siempre otoño. A través de los cristales se ven flotar las hojas, y los ocres y naranjas se superponen al verde y el negro en un raro arcoiris, de una tristeza jovial que solo se ve desde una de estas mesas. Hay una tímida luz que se levanta recortando las siluetas de los edificios, el humo de las chimeneas, tiñendo la niebla de un naranja sucio; algún coche, una corneja sobre un tejado, es lo único que se oye y se ve desde donde estoy amaneciendo.

Adentro, contra un muro cubierto de firmas, de mensajes de amor escritos con palabras de odio, un muro ocre como el otoño de afuera, cuelga una vieja miniatura italiana de poco valor, una torpe copia quizás, donde una pareja de amantes se reclina entre los arbustos bajo la mirada de un tercer participante y a la luz de una luna improbable, que asoma tras las ruinas de un castillo o algo así. Mirado con los torvos ojos del alcohol, el cuadrito nos dio ideas y nos fuimos a hacer la misma foto Eddy la hiena, Humphrey Bogart cuando dice yo no se qué, y yo, Nadiezna Ivanova, que soy rusa y no rumana y solo me acuerdo de ese nombre cuando estoy borracha y nadie me llama Rosa, la afgana.

Pero pasó que en el jardín, entre los arbustos y al fresco de la noche, los muchachos se alteraron y a más de hacer la foto como la del cuadrito italiano –maldito aguardiente de la Rolliza—les dio por hurgar, lamer y rellenar los agujeros de acá una servidora, y mientras uno iba y venia dentro de mí, el otro danzaba, llevando en la cabeza mis bragas a manera de gorro, una especie de solo clásico mezclado con piruetas de circo y luego se intercambiaron varias veces para colmo y satisfacción mía, para qué mentir, hasta que llegaron los gendarmes y salieron disparados dejándome patiabierta y borracha ante la autoridad que procedió a mi arresto como es debido.

Egon Schiele "Femmes renversées"1915 © Graphische Sammlung, Albertina VienneEn el sótano de la comisaría me dieron algunos palos y patadas que dieron buena cuenta de un par de mis penosas costillas a la vez que me mostraron con dedicación y cierta pedagogía como un bastón de policía puede llegar a ser un buen consolador si uno tiene un lubricante apropiado, pero como los pobres no tenían me lo metieron así mismo, es decir resbalando en semen de la Hiena quien, al salir corriendo por la presencia policial, me había dejado medio caliente y ya ves que contra mi voluntad y ante el asombro de los polis me corrí de los mas bien a pesar de mis costillas, lo cual alteró también a mis huéspedes en lo que yo creí que seria el último capítulo de la noche y se pusieron a cogerme el culo con mucho interés profesional.

La taberna abre a las siete de la mañana y la señora Rolliza pone con el café algunos pasteles del día anterior que recupera en una panadería cercana, y ese desgraciado de la Hiena tendría por lo menos que pagarme un café, eso es en lo que pensaba mientras mis piernas me traían a este barrio, a acurrucar mi hambre entre los dos bidones de basura junto a la puerta esperando la apertura. ¿Tienes hambre? Me lo vieron en la cara los tres jóvenes enormes y bastante borrachos, ¿tienes hambre?  Y blandían ante mi cara sus armas de placer, me negué.

No hay que negarse a tres jóvenes borrachos que una se encuentra en la calle una madrugada de palos en comisaría; eso también lo aprendí anoche, sobre todo porque estás deseando que no llegue la policía  a sacarte del paso. ¿Que si tengo hambre? Puedes decir que estás hambrienta cuando lo único que tienes para vomitar  a las seis de la mañana es el semen de cinco tipos.

Está lloviendo, está lloviendo fuerte, muy fuerte, más fuerte; está lloviendo y hay un viento feroz, muy feroz, como si quisiera lavar la ciudad o lavarme de la ciudad, porque las ciudades te van dejando trazas y algunas no se borran, y a veces hace falta una catástrofe, como un incendio o un terremoto o que alguien te olvide; y quizás por eso ahora me siento regresar a mi misma entre el abrazo dulce de la tormenta, mientras la señora Rolliza descorre el cerrojo de la taberna y se abre un universo pequeño y antiguo que promete un café caliente y algunos pasteles de ayer.

imagenes: Egon Schiele

jueves, 23 de diciembre de 2010

Ocupaciones de navidad

Por El Imprescindible Dr. Wong

Vista desde mi mesa, nada se parece más al tiempo…
La Mujer Sombra esta sentada ante una mesita redonda con una pata coja. Además de nosotros, solo hay otro parroquiano en la taberna pero el alcohol le impide saber que hay alguien más. La Señora Rolliza limpia automáticamente la barra con un trapo viejísimo y tararea my men mientras mira a la Mujer Sombra, que ha puesto sobre la mesa una caja de zapatos rebosante de papeles viejos a la vez que bebe lentamente un licor "que sabe azul" por si alguien quiere preguntarle.
Papelitos doblados, papelitos rotos, papelitos pardos, papelitos amarillos, papelitos azules, papelitos blancos, escritos con letra menuda, a veces ilegible, un poco gastada, que la mujer sombra lee, o quizás solo mira con ojos que flotan de nostalgia, que saltan de ira,  que guiñan de lujuria; los saca, los desdobla, los contempla, los ordena en montoncitos, ¿por fecha? ¿por tema? ¿por recuerdo? Después toma un montoncito y lo repasa  y flota y otro montoncito y lo repasa y rechina los dientes y otro montoncito y aprieta los muslos y cruza los brazos conteniendo un erizamiento…
Es víspera de navidad, la tierra está en el mismo lugar que el mismo día el año pasado y el otro y el otro, y el tiempo se mueve en esa misma orbita y no en línea recta como creen muchos, siempre volvemos al mismo lugar, al mismo tiempo, aunque en otro momento, pasamos por donde ya hemos estado y nos da la impresión de que las cosas vuelven y somos nosotros quienes volvemos una y otra vez.
La Mujer Sombra repasa sus estados y rechaza la ira, que el tiempo ha ido puliendo como a un mueble antiguo, y como un mueble antiguo es bella y poderosa pero inmóvil, disfruta la melancolía, larga como el otoño que siempre esta ahí fuera, ocre como esos papelitos del cajón de zapatos, y se deja envolver por las palabras, por el rasgo de la letra, que remeda el gesto de la mano que la escribió, la mano sobre el papel como sobre la piel, los poros, los rincones que se sonrojan al paso de la mano.
Guarda los papelitos de nuevo en su cajón, y mientras toma un sorbo de azul, cruza la sus ojos con los de la Señora Rolliza que la contempla desde detrás de la barra con una mirada lánguida y acuosa como la suya…